Un cachete a tiempo.

Dibujo: “El azote”- Eulogia Merlé

Hace ya unos día leí y escuché la misma noticia con titulares como: “Los niños españoles todavía se educan con el azote” (www.elmundo.es) “¿Con el cachete también se educa?” (www.20minutos.tv) o “El cachete de la discordia” (www.diariovasco.com). Mi primera intención fue escribir algo al respecto inmediatamente, pero cuando me puse a ello me resultaba tan obvio lo que quería expresar que no me salía nada. Decidí entonces dejarlo.

Pero tras unos días y algunas conversaciones he pensado en, por lo menos, dejar escritas 5 razones para no usar la violencia física con los niños y niñas, por muy leve que les parezca a algunos y algunas el cachete, la bofetada o el azote.

Estas son las 5 razones que planteo:

1) Intentar modificar la conducta de un niño o niña a través de un cachete es adiestrarle a no repetir lo que que ha hecho por miedo a la consecuencia (dolor, humillación, …) que ello puede tener. En ningún caso es educarle en la incorrección de lo que ha hecho, por eso en cuanto aprenda a esquivar el castigo o a realizarlo donde este no se produzca, volverá a repetir sus actos.

2) En muchos casos el azote se utiliza por desesperación, no obedece al objetivo de enseñar nada, si no que responde a la salida emocional del adulto que se ve impotente ante su propia incapacidad de conseguir del niño o niña lo que el desea. Aquí la pregunta sería ¿Como un adulto es incapaz de hablar, dialogar, razonar con un niño, hasta llegar a desesperarse? Las respuestas seguramente sean: Que no tiene herramientas personales suficientes, que no conoce bien “como funciona” un niño, que el adulto traslada sobre el niño sus propios estados emocionales. En cualquiera de los casos, el azote no consigue su objetivo “educativo” si no la impotencia en el niño o la niña al ver que es imposible comunicarse o sentirse  entendido por el adulto.

3) Al utilizar el cachete o el azote el mensaje que estamos transmitiendo es “El uso de la violencia está justificado en algunas ocasiones o con algunas pretensiones”. Al margen de mi oposición al uso de la violencia en cualquier ocasión y con cualquier motivo, al enviar este mensaje al niño o niña lo que no podemos controlar es su repercusión, es decir, no podemos saber cuando y porqué el utilizará la violencia y tampoco sabemos si coincidirá con nuestros criterios. ¿Aceptaremos que la use con un compañero en el cole, aunque el crea que puede conseguir algo? ¿Y con un profesor en el instituto, aunque crea que tiene motivos? ¿Y en la calle con un desconocido, aunque se crea que se lo merece por a sus ideas, su equipo de fútbol, su raza, etc.?

4) Si no utilizamos el azote con los adultos ¿Por qué lo utilizamos con los menores?. No le damos una bofetada a un vecino aunque no se comporte como consideramos que debe hacerlo. No le damos un azote a la señora que deja que su perro cague en la acera. No le damos un cachete a una compañera e trabajo que no hace bien su trabajo y no aprende lo que le hemos dicho cien veces. No pegamos a un dependiente no hace bien su tarea y nos retrasa. Por motivos similares se pega a los niños y niñas.

5) Esta última razón resume y amplía las anteriores: Por respeto. Si realmente respetamos a los niños, al igual que ocurre con los adultos, hemos de respetarles como personas que son, respetando su integridad física y psicológica.

Como se ha podido comprobar no he aludido a las siempre utilizadas “repercusiones psicológicas”, acerca de las cuales se pueden leer cientos de opiniones mas autorizadas que la mía y de personas con más conocimiento que yo. Solo querría hacer un apunte sobre una reflexión acerca de la “ausencia” de estas repercusiones.

Es habitual escuchar expresiones del estilo “mi padre me daba cachetes y no tengo un trauma”, no dudo que la mayoría de quienes recibieron castigos físicos no se consideren afectados por ello, pero creo que esto se debe a la aceptación social que hasta hace poco se tenía al respecto. Si un comportamiento es culturalmente aceptado podemos continuar nuestras vidas sin considerarlas afectadas por ese comportamiento, aunque este nos disguste y condicione nuestra forma de relacionarnos. No tenemos más que fijarnos en situaciones que se viven en culturas diferentes a la nuestra y en épocas diferentes a la la actual, sobre las que nos decimos “No sé como lo aceptan o lo aceptaban” ” No sé como son o eran capaces de vivir así”.

En resumen, solo quería plasmar la idea de que Educar es distinto a adiestrar, que los métodos han de ser siempre coherentes con los valores, que el respeto entre y hacia todos y todas ha de estar siempre presente y que la violencia solo engendra violencia, aunque la que ejerzamos creamos que es de “baja intensidad”.

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